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El perfume perdido del mundo: sentidos, afectos y la ontología del colapso

  • Foto del escritor: Enrique Lopez
    Enrique Lopez
  • 25 oct 2025
  • 5 Min. de lectura

 


Vivimos en un tiempo que todo lo ve, pero que casi nada siente. El mundo se ha vuelto imagen: brillante, filtrado, instantáneo. Hemos multiplicado los ojos –cámaras, pantallas, algoritmos– y, sin embargo, hemos perdido el olfato, el tacto, el sabor de lo real. La civilización contemporánea está atravesando un colapso sensorial silencioso, una mutación ontológica que transforma la forma en que percibimos, pensamos y habitamos.

 

Desde la Ciberinteligencia Filosófica Aplicada (CFA) podemos leer este fenómeno no solo como una consecuencia tecnológica, sino como una crisis del ser: El paso de una humanidad porosa, encarnada y afectiva, a una humanidad óptica, distante y desensibilizada.

 

El ciberespacio nos exige ver más, más rápido, más lejos. Todo se ha vuelto visible, pero casi nada es comprensible. La mirada digital ya no contempla: consume. Somos retinas flotantes en un océano de imágenes, seres que “scrollean” el mundo sin olerlo.

 

En este nuevo régimen de percepción, el ojo ha usurpado el lugar del cuerpo. Lo que no se muestra no existe; lo que no puede ser visto no puede ser amado. La visión –sentido de control y de la distancia– ha reemplazado a los sentidos del vínculo: el olfato, el tacto, el gusto. Y así, mientras los algoritmos afinan nuestra capacidad de ver, el alma pierde su capacidad de oler el tiempo, de tocar la presencia, de sentir la alteridad.

 

Vivimos una época de hipervisibilidad e hipoafectividad. Biemos todo, pero nos afecta poco. La luz se volvió exceso, y el exceso de luz, ceguera.

 

Patrick Suskind imaginó en el perfume a Jean-Baptiste Grenoulle, un ser sin olor propio, sin esencia pero con olfato absoluto. Grenoulle no es un monstruo, es un espejo: representa la modernidad misma, esa civilización que ha perdido su aroma, su alma, su cuerpo, pero que multiplica sus sentidos externos hasta el delirio.

 

Su obsesión por capturar el “perfume perfecto” es la alegoría del deseo contemporáneo de fabricar sentido a partir del vacío. Como los algoritmos que intentan predecir el deseo humano, Grenoulle busca dominar la esencia ajena para compensar su propia falta de ser. El resultado es trágico: un aroma sin alma, una presencia sin vida.

 

Hoy cada avatar digital, cada identidad cuidadosamente editada, cada selfie milimétricamente filtrada, es una versión moderna de ese perfume imposible. Una esencia diseñada para ser amada, pero sin olor propio. El drama de Grenouille es el drama del yo contemporáneo: ser adorado por lo que se proyecta, no por lo que se es.

En Filosofía del olfato, Chantal Jacquet nos recuerda algo que la filosofía había olvidado:  el olfato es el sentido de la proximidad, de la mezcla, de la participación. Oler no es observar, es dejar que el mundo entre nosotros. El olfato rompe la ilusión del sujeto aislado: lo que olemos, literalmente, nos habita.

 

Frente a la lógica visual que separa, el olfato une; frente a la mirada que analiza, el olor afecta. El olfato es el sentido de la porosidad: el ser que respira, que se mezcla, que se deja tocar por lo invisible.

 

Jacquet nos invita a una revolución perceptiva: volver a oler el mundo como acto filosófico. Recuperar la inteligencia del cuerpo, la memoria afectiva, la sensibilidad que no pasa por la retina. Su pensamiento resuena con la propuesta de la CGA: reaprender a pensar con el cuerpo; no como una máquina que percibe, sino como un organismo que vibra.

 

En la película Perfect Sense, la humanidad pierde los sentidos uno a uno. Primero el olfato, luego el gusto, el oído, la vista… hasta quedar sumida en un silencio total. Pero el relato no es una distopía, sino una revelación. A medida que los sentidos desaparecen, los protagonistas descubren que el amor persiste más allá de la percepción. Cuando ya no se puede ver, oler, ni escuchar, el contacto se vuelve alma.

 

La pandemia sensorial del film no es distinta a la que vivimos hoy: la era de la anestesia digital. Hemos perdido el olor del otro, el sabor del tiempo, la textura de la cercanía. Pero, como en la película, todavía podemos aprender a sentir sin ver, a amar sin pantalla, a comunicarnos desde el afecto.

 

El amor, en su sentido filosófico más profundo, se convierte en el último de los sentidos: el único que no puede ser sustituido por la tecnología.

 

José Saramago lo advirtió: la ceguera blanca no es obscuridad, es exceso de luz. La humanidad de su novela no muere por la falta de visión sino por su exceso. Verlo todo impide entenderlo. La luz total disuelve las formas, igual que el exceso de información disuelve el sentido.

 

En el ciberespacio esta profecía se ha cumplido. Vivimos en una claridad que enceguece: millones de imágenes, datos, pantallas, estímulos. El resultado es una nueva formad e ceguera –la ceguera digital– donde la sobreexposición produce invisibilidad y la hiperconexión produce soledad.  Saramago, sin nombrarlo, escribió la primera parábola del siglo XXI: la humanidad que quiso verlo todo terminó sin ver nada.

 

El pensamiento simbólico desde la perspectiva de la Ciberinteligencia Filosófica Aplicada nos permite leer esta convergencia como una fractura profunda en la ecología del ser. Los sentidos que implicaban contacto –olfato, gusto, tacto– son los que nos mantenían humanos: nos hacían porosos. Eran los canales por donde el mundo respiraba dentro de nosotros. Pero en ciberespacio nos ha vuelto impermeables. Nos movemos entre flujos visuales que no nos tocan, emociones programadas, aromas sustituidos por pixeles. El cuerpo, domesticado por la interfaz, ya no participa: solo observa.

 

La CFA define este fenómeno como colapso sensorial ontológico: la pérdida de la resonancia entre el ser y el entorno. Cuando los sentidos se fragmentan, el yo se desconecta del mundo. Y un yo desconectado del mundo se vuelve incapaz de crear, de amar o de transformar.

 

Pero toda crisis sensorial puede ser también una puerta ontológica. El desafío no es volver al pasado, sino reaprender a sentir en la era del dato. Oler en el siglo XXI significa permitir que el mundo nos atraviese de nuevo. Significa resistir la anestesia del exceso, volver a la lentitud, al silencio, a la textura. La ética del olfato es, en el fondo, una ética del afecto:

 

·      Reconectar con la vulnerabilidad del cuerpo.

·      Recuperar la sabiduría de lo invisible.

·      Oler lo que no se puede medir: la presencia, la ternura, la autenticidad.

 

En el lenguaje simbólico de NOESIS, esto implica una transmutación perceptiva: del ojo al aliento, del dato al vínculo, del ruido a la respiración.

 

El futuro no será digital ni analógico: será sensorialmente consciente. Un futuro en el que la tecnología no nos aísle, sino que nos devuelva al cuerpo, donde los entornos virtuales integren la profundidad de lo táctil, lo sonoro, lo aromático. Una nueva ecología sensorial que reconcilie la inteligencia artificial con la inteligencia afectiva.

 

Desde la CFA, esto se traduce en una reconfiguración simbólica: pasar de la pantalla total a la presencia viva. El sentido no está en lo que vemos, sino en lo que nos atraviesa.  

 

Quizá lo que hemos perdido no es la vista, sino el perfume del mundo. Este rastro invisible que conecta a los seres con la tierra, que convierte la experiencia en memoria, y la memoria en existencia.

 

Mientras el mundo se disuelve en datos, el desafío de la filosofía –y de cada uno de nosotros– es mantener viva la respiración ontológica, el hilo invisible del olor que une cuerpo, alma y mundo, Porque el ser al final, no es mirar ni pensar. Ser es oler, vibrar, afectarse. Ser es el dejar que el mundo nos atraviese, incluso cuando todo parece perder sentido.

 

 

 
 
 

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